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por TheDrugProject PODCAST

Diciembre de 1964. Un equipo de unos cuarenta médicos y científicos naturalistas se subían a bordo del HMCS Cape Scott de la Marina Real canadiense para circunnavegar el océano Pacífico con rumbo a la Isla de Pascua, también conocida como Rapa Nui. Esta remota isla volcánica, situada en la Polinesia, es famosa por sus populares moáis, unas enormes cabezas de piedra que se erigen de la tierra y constituyen uno de los legados más enigmáticos de la ancestral cultura de los rapanuis. (¡Hasta aparece como un icono en el Whatsapp!Resultado de imagen de moai icon whatsapp").  El objetivo de esta expedición era recabar datos sobre los factores hereditarios de los habitantes, las enfermedades más comunes y las características del ecosistema de la isla antes de que el gobierno chileno interrumpiera el aislamiento de los aborígenes construyendo un aeropuerto en Rapa Nui.

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Tras una larga travesía, la tripulación se instaló en la isla alzando tiendas y laboratorios de campaña con los que empezar la recogida de muestras analíticas. Pronto los científicos se dieron cuenta de una situación curiosa: los rapanuis andan descalzos por la isla y sus pies no parecen verse afectados por infecciones bacterianas. Así que en la subdivisión de microbiólogos pensaron que también sería buena idea recolectar muestras de tierra en las distintas zonas de la isla para ver qué clase de bichos encontraban.

La historia de la expedición podría haber acabado aquí, pero todo cambió cuando una de las muestras de suelo recolectadas llegó a las manos del Dr. Surendra Nath Sehgal, un microbiólogo de la farmacéutica Ayerst. En uno de los viales de un cribado rutinario múltiple, Sehgal encontró un microbio conocido como Streptomyces hydroscopicus, que secretaba un compuesto químico capaz de matar hongos. Tras años de investigación, Sehgal consiguió identificar el producto natural responsable de la actividad biológica. Se trataba de un compuesto de la familia de los macrólidos al que bautizó como rapamicina –en honor a su origen, Rapa Nui.

El científico decidió entonces ensayar la rapamicina en ratones de laboratorio, obteniendo resultados positivos, pues eliminaba infecciones producidas por hongos en los animales. Desafortunadamente, la droga también provocaba un efecto colateral; la rapamicina también disminuía la respuesta inmunológica de los ratones… Y si estás tratando de eliminar una infección micológica, es fundamental tener un sistema inmunitario que funcione de manera robusta para acabar con ella. <<¡Qué pena!>> debió pensar Sehgal, parece que esta droga no era tan buena como él pensaba. Mientras tanto, los movimientos en la directiva de la empresa llevaron a Ayerst al cierre de algunos de sus laboratorios. Pero nuestro protagonista no era de los que se da por vencido fácilmente; estaba convencido de que su material tenía valor terapéutico, así que decidió guardar la rapamicina en el congelador de su casa, donde permaneció varios años junto a la bolsa de guisantes congelados.

A mediados de 1980, Sehgal estaba al corriente de una interesante investigación con dos nuevos fármacos:  la ciclosporina desarrollada por la farmacéutica Sandoz y el compuesto FK-506 desarrollado por las compañías Fujisawa y Vertex Pharmaceuticals. Curiosamente, ambos fármacos compartían una fórmula química similar a la rapamicina y estaban siendo utilizadas como drogas inmunosupresoras para trasplantes.

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Estructura química de la rapamicina.

Dispuesto a conducir nuevos estudios, Sehgal reconstituyó la rapamicina y conctactó con ciertos grupos de investigación, que rápidamente se interesaron por esta nueva droga. En 1999, después de casi treinta años de haberla descubierto, la Administración de Alimentos y Medicamentos americana (FDA) aprobó la rapamicina como droga inmunosupresora para evitar rechazos de trasplantes en humanos. En la actualidad, este producto natural se comercializa bajo el nombre de Rapamune®. Además, otros estudios demostraron que la rapamicina se unía fuertemente en el interior de las células a una proteína hasta entonces desconocida. Esta proteína, a la que denominaron Target of Rapamicyn (diana de la rapamicina) o TOR, resultaba ser un regulador central de numerosas rutas de señalización de las células. TOR se encarga de controlar tareas tan integrales en nuestras células como, por ejemplo, la división celular. Y como la rapamicina bloqueaba esta proteína esencial, también se propuso como droga anticancerígena con el objetivo de detener la división de las células tumorales.

Al mismo tiempo, los químicos también probaron hacer modificaciones en la fórmula de la rapamicina para obtener drogas sintéticas análogas. En 2009, el tacrolimus –un derivado de la rapamicina– fue aprobado por la FDA como agente quimioterapéutico contra el cáncer de riñón.

La rapamicina no sólo nos ha aportado nuevos fármacos inmunosupresores o anticancerígenos, sino también una de las piezas fundamentales de la biología molecular, el descubrimiento de la proteína TOR, cuya función es crucial en las células. Lo mejor del asunto es que ha sido la propia naturaleza la que ha invertido millones de años de evolución optimizando el diseño de un producto natural secretado por una remota bacteria que casualmente tiene un efecto beneficioso para nosotros. Después de todo…

¿quién iba a pensar que bajo el suelo de la Isla de Pascua se encontraba una de las drogas
que revolucionarían la farmacología moderna?

Referencias

Halford, B. Rapamycin’s secrets unearthed. (2016). C&EN Global Enterp 94, 26–30.
Kaeberlein, M., and Kennedy, B.K. (2009). A midlife longevity drug? Nature 460, 331–332.
Sehgal, S.N. (2003). Sirolimus: its discovery, biological properties, and mechanism of action. Transplant. Proc. 35, 7S-14S.
Zoncu, R., Efeyan, A., and Sabatini, D.M. (2011). mTOR: from growth signal integration to cancer, diabetes and ageing. Nature Reviews Molecular Cell Biology 12, 21–35.

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