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   La selva amazónica constituye uno de los entornos paisajísticos más maravillosos del planeta, hogar de una rica flora y fauna, pero también de grupos indígenas de lo más increíbles. Para sobrevivir, los indígenas sudamericanos de los pueblos del Amazonas han tenido que adaptarse a este entorno que, pese a su belleza, entraña innumerables peligros y amenazas. Allí, en las profundidades de la selva, cometer un mínimo error puede suponer el final de tus días: insectos insospechados, parásitos invisibles, enfermedades letales, depredadores feroces como el jaguar, espíritus malignos, lluvias torrenciales y, sobre todo, plantas, muchas plantas. Durante milenios, a través de un largo proceso de prueba y error, las tribus de la cuenca amazónica no sólo han aprendido a identificar venenos del reino vegetal, sino que además han sabido aprovercharlos en su beneficio.

 

A medida que los conquistadores españoles penetraban en el Nuevo Mundo durante el siglo XVI, a Europa regresaban cada vez más y más leyendas sobre los indígenas americanos con los que allí se habían topado. Todas las historietas relataban aspectos mágicos y heroicos de las incursiones, pero muchas de ellas también describían una situación espeluznante: los indígenas se defendían usando cerbatanas con las que lanzaban dardos emponzoñados con algún tipo de veneno. Este denominador común de las narraciones indicaba que seguramente estos dardos venenosos existían y que probablemente el tóxico se extraía de alguna planta herbácea. Si bien fueron muchas las expediciones de los colonos europeos a la selva amazónica, cautivados quizás por el deseo de encontrar algún tesoro legendario o por el simple hecho de saquear y someter al pueblo americano, la composición del veneno de las cerbatanas indígenas permanecía siendo un auténtico misterio.

Hubieron de pasar casi trescientos años hasta que el naturalista inglés Sir Charles Waterton, en una de sus expediciones a Sudamérica en el siglo XIX, observó que los chamanes de la tribu Macushi utilizaban en sus rituales una preparación a base de plantas entre las que se encontraba el Chondrodendron tomentosum. En el proceso de elaboración, las raíces y las lianas de esta planta se hervían formando una pasta a la que llamaban curare. A continuación, con el curare impregnaban la punta de las flechas y los dardos que seguidamente introducían en cañutos de bambú. Los Macushi utilizarían estas confeccinadas cerbatanas para la caza de animales con una efectividad impresionante: cuando la flecha alcanza el animal, el dardo lo paraliza temporalmente y éste cae al suelo desplomado. Waterton dedujo que la preparación vegetal debía contener un veneno capaz de provocar tal efecto, así que decidió recabar toda la información que pudo acerca del curare. Incluso llevó muestras de curare de vuelta a Europa para estudiarlo a fondo; un hecho que motivó a otros científicos a interesarse por el veneno amazónico.

CC: starsinsiders-shutterstock

Un tiempo después, en 1856, el fisiólogo francés Claude Bernard, en uno de sus muchos experimentos con animales, descubrió que, al inyectar curare a una rana, los músculos de esta se detenían completamente, ¡pero el corazón seguía latiendo! El curare era, sin lugar a duda, una herramienta farmacológica con mucho potencial, pero estaba compuesto por demasiados ingredientes vegetales… ¿Cuál de ellos era el responsable de su efecto paralizante?

El curare es una mezcla de muchos alcaloides, es decir, compuestos de amonio alcalinos. Precisamente al ser alcalinos, estas moléculas se absorben poco en el tubo digestivo, razón por la cual la carne de los animales cazados podía ingerirse sin temor a intoxicarse. Pero de entre todos estos componentes, la droga más activa del curare era la tubocuranina, cuya fórmula se identificó en 1935. Tal es la potencia de este alcaloide que si un dardo con tubocuranina se inyecta en la sangre, ésta difunde rápidamente a los músculos y causa una parálisis súbita, de inmediato, en cuestión de segundos. Peligroso, ¿verdad?, pero… ¿cómo logra tener este efecto el curare?

La tubocuranina actúa bloqueando los receptores de acetilcolina del organismo. La acetilcolina es un neurotransmisor endógeno (producido por el cuerpo de manera natural) que actúa en el sistema nervioso en las uniones neuromusculares, aquellas que envían la señal al músculo para que se contraiga. Por lo tanto, cuando la tubocuranina bloquea el receptor de acetilcolina, los músculos son incapaces contraerse, produciéndose una parálisis muscular.

Este descubrimiento llevó a los médicos a ensayar el curare como candidato para anestesia a mediados del siglo pasado; y el 23 enero de 1942, dos médicos canadienses —H. Griffith y G. Johnson— practicaron la primera cirugía en la se utilizó una solución de curare con estupendos resultados. El curare supuso una verdadera revolución en la medicina clínica, ya que cuando se inyectaba una dosis relativamente baja, era capaz de paralizar el cuerpo de un individuo y no ocasionaba otros problemas atribuidos. Además, la duración del efecto era de pocas horas, así que muy pronto el curare —más concretamente, la tubocurarina — se convertiría en una droga anestésica de referencia para cirugías. Su uso médico en los quirófanos perduró hasta la década de 1980, momento en el que comenzó a ser desbancada por otros fármacos sintéticos con efectos mejorados.

Desde la selva amazónica hasta el quirófano del hospital, la historia del curare nos debe hacer reflexionar. Buena parte de los fármacos actuales provienen de antiguos sistemas de conocimiento como el que detentan los grupos indígenas. El caso del curare es, sin duda, una historia increíble de aprovechamiento farmacológico, pero las comunidades indígenas también cuentan con prácticas medicinales a menudo denostadas por el pragmatismo occidental. Concretamente, la medicina tradicional de la cuenca del Amazonas incorpora en sus ceremonias plantas psicoactivas de las que obtiene, por ejemplo, la ayahuasca. Por un lado, la opulencia política a lo largo de los siglos ha marginalizado estos sistemas tradicionales de sanación y negado el potencial curativo de muchos de sus tratamientos. Por otro lado, a veces también consideramos que estas medicinas no están suficientemente basadas en la evidencia científica. Pero debemos entender que han formado parte integral de su farmacopea, de su cosmovisión y de su forma de entender el mundo desde hace cientos de años. De hecho, en la mayoría de las ocasiones, estos tratamientos pueden aliviar un problema médico que no tiene equivalencia si es medido con los parámetros utilizados por la medicina occidental.

El reto ahora es aprovechar el conocimiento tecnológico, científico y antropológico actual para explorar el potencial terapéutico de este tipo de medicinas vegetales. ¿Seremos capaces?

EXTRA: el curare aparece en la serie de HBO, The Knick. ¿Te acuerdas de cuándo y dónde utilizan este anestésico?

Referencias

Brown, T.C.K. (2013). From arrow poison to neuromuscular blockers. Anaesthiology. 23, 865–867.

Frca, T.R.M. (2002). Neuromuscular blocking drugs: discovery and development. 95, 5.

Lee, M. (2005). Curare: the South American arrow poison. J R Coll Physicians Ed.10.

Pijoan, M. (2008). Antídotos tribales. Herencia milenaria. Elsevier 27, 5.

Grifffith H.R. Johnson G.E. (1942). The use of curare in general anesthesia. Anesthesiology. 3, 418–420.

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