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Una nueva droga está siendo consumida en nuestras calles. Se trata del metilcarbinol, una sustancia que se presenta como un líquido incoloro. Su consumo, que causa mayor toxicidad que el éxtasis o la cocaína, se ha relacionado con la aparición de cáncer, problemas hepáticos y daños cerebrales. La adicción a esta droga puede ocurrir tras tomar tan solo una bebida y los adictos son capaces de recorrer cualquier distancia para tomar su dosis –incluso desatendiendo el cuidado de sus hijos o agrediendo a sus parejas para conseguir dinero. Los usuarios ocasionales se desinhiben cuando lo toman y la policía ya ha informado de un gran aumento de crímenes relacionados con el uso de esta droga. Lo peor de todo es que las compañías de refrescos están agregando metilcarbinol a las bebidas gaseosas y publicitándolas a los jóvenes como si fueran Coca-Cola. Cada semana dos o tres adolescentes mueren por sobredosis de metilcarbinol y otros diez fallecen en accidentes de tráfico bajo los efectos de la droga. El metilcarbinol es una amenaza. ¿Cuánto tiempo tardará el gobierno en reaccionar, pensar en los niños y clasificar esta peligrosa sustancia como droga ilegal?

 

En este texto, extraído y traducido del libro Drugs Without the Hot Air, el Profesor David Nutt nos plantea una cuestión muy interesante: si el metilcarbinol, más conocido como alcohol etílico o simplemente alcohol, fuera descubierto hoy, ¿sería legal?

Exceptuando algunos territorios donde los motivos religiosos prohíben su consumo, el alcohol está presente en gran parte de nuestras vidas. Lo bebemos en celebraciones, comidas, cenas, cumpleaños, fiestas, botellones y ¡hasta en la propia misa! El alcohol no se pierde ni una. Estamos tan familiarizados con esta sustancia, y su consumo está tan socialmente aceptado, que muchas veces se nos olvida que probablemente se trata de la droga más perjudicial que conocemos, por encima incluso de la heroína. Tal vez la frase anterior haya desconcertado o sorprendido al lector, pero este es el principal resultado que se desprende de un conocido estudio científico publicado en la revista The Lancet donde se comparaban los daños que generan distintas sustancias.

Fuente: elgatoylacaja.com

La metodología llevaba a cabo en el estudio para evaluar el daño total de una droga se basa en un análisis de múltiples criterios en el que se tienen en cuenta diferentes factores e indicadores (físicos, psicológicos y sociales) tanto para el usuario como para terceros.  Así sabemos, por ejemplo, que la LSD o la marihuana —hoy contempladas como sustancias ilegales— son mucho menos dañinas que el alcohol, que es legal.

Pero a pesar de los efectos perniciosos de esta molécula, su consumo no hecho sino incrementar exponencialmente en las últimas décadas. Nos gusta tanto el alcohol que hemos inventamos técnicas como la destilación, que permiten aumentar su cantidad en las bebidas. De hecho, hemos llegado a convertir su elaboración en un verdadero arte con infinidad de sabores, colores y graduaciones. ¿De dónde nos viene esta afición por el alcohol?

Una de las evidencias escritas más antiguas del uso del alcohol proviene del Antiguo Egipto, donde se servía como ración de alimento a los sedientos esclavos que construían las pirámides. No obstante, aunque sepamos que su uso se remonta a tiempos pretéritos, lo cierto es que el origen de la elaboración de alcohol se sitúa en el asentamiento de las primeras civilizaciones humanas. Hace unos 10.000 años, nuestros antepasados cazadores-recolectores abandonaron su estilo de vida nómada y comenzaron a organizarse en comunidades, campamentos y aldeas. Algunos historiadores sostienen incluso que las primeras civilizaciones no surgieron con el propósito de obtener alimentos, sino para obtener alcohol por fermentación alcohólica a partir de frutas y cereales.

Curiosamente, la molécula responsable de tales efectos (el metilcarbinol o etanol) fue descubierta mucho después, en el siglo X, por el médico y alquimista persa Al-Razi.

Adaptados para beber

El etanol es una molécula pequeña, tremendamente reactiva y muy tóxica. Casi ningún animal puede tolerar el consumo de esta droga y, sin embargo, el ser humano lo hace con frecuencia desde tiempos inmemorables. ¿Por qué? Resulta que nuestra especie ya toleraba el alcohol. Los primates llevan comiendo fruta podrida y fermentada que caía de los árboles desde hace eones. La evolución darwiniana se ha encargado de seleccionar un sistema para detoxificar el alcohol.

                 Fuente: Andres Nilsen (CC) nytimes.com

Pero esta adaptación tan maravillosa que supone tolerar el alcohol trajo consigo una maldición: la temida resaca.  Cuando el etanol se rompe en nuestro cuerpo, produce otra molécula llamada acetaldehído. El acetaldehído es el malo malísimo de esta película, el verdadero causante de la resaca del alcohol. Se trata una molécula más tóxica aún que el propio etanol, por lo que necesita ser oxidada rápidamente para evitar efectos perjudiciales. Por suerte, tenemos una enzima llamada ALDH2 (aldehído deshidrogenasa 2) que se encuentra en el hígado y se encarga de metabolizar el acetaldehído.

Las personas que pertenecen a grupos étnicos sin un historial de consumo de alcohol, como son los nativos americanos, los esquimales del ártico o la población asiática, tienen una versión de la enzima ALDH2 que es poco efectiva oxidando el acetaldehído. Por ello, cuando estas personas beben alcohol, su enzima no da abasto y el acetaldehído se acumula llegando a altos niveles en su cuerpo. El resultado es un enrojecimiento en la cara, náuseas, mareos y dolores de cabeza. Por otro lado, los grupos sociales con una marcada cultura del alcohol, como son la mayoría de los europeos, africanos y sudamericanos, cuentan con una versión mucho más eficiente de la enzima ALDH2 y, en consecuencia, la tolerancia al alcohol es bastante superior. En términos generales, si un europeo y un asiático beben lo mismo, lo más probable es que el asiático se emborrache mucho antes. Por este mismo motivo también hay diferencias significativas en cuanto a alcoholismo y enfermedades hepáticas entre estos grupos de personas.

 

¿Qué dice la ciencia sobre el alcohol?

Aunque que cada cierto tiempo escuchamos que «tomar una copita de vino al día es bueno para la salud», los beneficios de beber alcohol nunca han sido demostrados. Los estudios científicos sobre el consumo de alcohol a escala global arrojan resultados bastante contundentes: tomar cada día 10 g de etanol puro —el equivalente a un vaso de vino, una caña de cerveza o un chupito de licor de hierbas— es suficiente para causar daños en el hígado, en el cerebro e incluso provocar varios tipos de cáncer.

Según la OMS, no existe una dosis mínima segura, puesto que se ha constatado que lo más saludable sería no consumir ni una gota de alcohol. La idea de que tomar una pequeña cantidad de alcohol tiene efectos beneficiosos no es más que un mito instaurado en la sociedad.

Por supuesto, una creencia tan profundamente arraigada en la mente colectiva no podía ser desaprovechada por industria del alcohol que, a través de sus lobbies, han sabido promocionar el llamado «consumo responsable», distorsionando las conclusiones de los estudios científicos al atribuir el riesgo solamente al consumo abusivo. Además, las compañías alcoholeras a menudo financian sus propios estudios científicos para generar evidencias a favor del consumo de sus productos. Con ello, esta poderosa industria consigue generar una controversia, una polémica y, en definitiva, una duda, cuyas consecuencias explican, por ejemplo, el hecho de que 9 de cada 10 británicos niegue la relación alcohol‑cáncer. Que esta sustancia se pueda adquirir legalmente en tiendas abiertas 24 horas también ha conducido inevitablemente a un mayor índice de alcoholismo o adicción al alcohol, uno de los problemas más comunes que se derivan de su consumo.

 

¿Y qué podemos hacer?

Nuestra política sobre drogas no sólo está lejos de centrarse en la reducción de riesgos, sino que permanece pasiva ante la publicidad engañosa de las compañías licoreras. Con frecuencia, en el discurso político se omiten los efectos dañinos de una droga legal como el alcohol, mientras que se exageran —o directamente se inventan— los perjuicios de otras drogas ilegales con márgenes de seguridad probadamente superiores. ¿Sería una solución intentar prohibir el consumo de alcohol? Evidentemente, no.

Beberlo forma parte de nuestra cultura. El alcohol es el lubricante social más arraigado en nuestra sociedad. Muchas veces lo tomamos como forma de anestesia para evadir momentáneamente los problemas cotidianos y, otras veces, simplemente para refrescarnos.  Cuando se aplicó la Ley Seca en EE.UU. en los años 20 del siglo pasado, pronto surgieron las bandas organizadas que movían el alcohol de las destilerías ilegales a los bares clandestinos. Y, al no estar regulados los procesos de elaboración, lo que se consiguió fue la aparición del crimen organizado y un aumento en la cantidad de alcohol metílico, producto de una mala destilación que causó un envenenamiento masivo.

Si prohibirlo no es la solución, ¿cuál podría ser el remedio a este problema de salud pública?

El mismo Prof. Nutt —que fue despedido de su puesto como asesor de drogas del gobierno británico cuando desafió con datos empíricos la devaluada política de drogas actual— no se ha quedado de brazos cruzados. Junto a su grupo de investigación en el Imperial College de Londres, el psicofarmacólogo ha diseñado AlcoSynth, una bebida sin alcohol que simula los efectos de éste, como la euforia y desinhibición, ¡¡pero sin provocar resaca!! Esta droga se une a los mismos receptores neuronales a los que se une el etanol, los llamados receptores GABA, produciendo una embriaguez similar a la del alcohol, pero sin sus efectos negativos. Nutt indica que todavía debemos esperar algunos años para tener este tipo de alternativas en el mercado. Mientras tanto, este científico ha escrito un libro sobre la ciencia del alcohol con las claves para entender el consumo problemático y mejorar nuestra relación con esta sustancia.

Fuente: Drugscience.org.uk

Así que no nos queda más remedio que tomarnos una cerveza y brindar a nuestra salud: chinchín.

 

 

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